La Música

“Por eso, para mi la música va más allá de un sonido, o una lúdica, o una distracción, o un juego; es algo que inunda la existencia, alimenta el espíritu y detiene el tiempo, algo que no es visible; sin embargo, a través de notas y de letras va tomando un cuerpo, que se siente y se vive, que estalla y resplandece la noche, la madrugada, la tarde, en sólo un instante y que a partir de esto se construye un entramado cultural, una identidad, una apropiación y una herencia.”  Helen Hernández

 

 

Habito

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¿Cuál es el espacio de la palabra?, ¿Cuál sería su Tiempo? En las anteriores dos preguntas, el cuál podría reemplazarse por el qué, el cómo… Esas preguntas direccionadas hacia la reflexión de la palabra y su relación directa con la plasticidad. La palabra ligada a la literatura, a lo novelesco, a la fábula, a la ficción, a la certidumbre como diría Godard en Notre musique. Entrando en estos amplios espectros y no sintetizarla meramente en lo visual; que terminaría convirtiéndola en algo amalgamado con el diseño gráfico, su eficacia y objetividad…etcétera.

La plasticidad de la palabra pensada desde lo escrito primordialmente, dando superlatividad al ritmo; donde convergiera el logos con el neuma, buscando una conjunción de los dos conceptos, contrariando la dualidad que se halla en ellos supuestamente. La palabra escrita también es neuma, es sonora, resonante, retumbante. Su espacio se configura precisamente en el acto de la lectura. El lector encarna la palabra o al personaje o el lugar o la temporalidad; le da vida a la palabra, es un acto fundacional de ella como un ente vivo, material, plástico y del lector al darle vida desde su vida misma. La lectura es un acto reservado a lo vivo, lo “muerto” renace al activarlo con la palabra y es sacado del olvido, de la “muerte”.

Abril- 2013

 

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La palabra de cada uno, dilucidando el cuerpo de cada uno, la singularidad de cada uno, el sonido de cada uno; el tono de la palabra hablada era la carne de la palabra de cada uno, de nuestras palabras; por otro lado, en la palabra escrita, la letra es esa carne, esa materialización.

Materialización que deja ver la singularidad, lo particular de cada cuerpo; el pensamiento de cada uno. A pesar de poder estar diciendo lo mismo, repitiéndolo; cada vez esta operación es distinta: AQUELLO QUE SE REPITE, SE PIENSA DOS VECES… O SE ESCRIBE, O SE CORPORIZA. El cuerpo es uno, es lo maravilloso pero siendo uno, cada vez que se repite no es igual. De ahí surge lo magnífico, a veces lo inverosímil, sorprendente que no permite apresarlo.

Esto anterior teniendo en cuenta el tema de las fuerzas activas y las fuerzas reactivas que plantea Nietzsche. Fuerzas que dan píe al orden, al caos; en últimas a la creación y la creación, en mi opinión se da a partir de la repetición, de un retorno que devele y permita hallar diferencias. La paradoja en que nos atrapa la repetición, que nos lleva a encontrar la diferencia y así la creación; incomprensible o incoherente (Total es una paradoja, la cual debemos vivir, coexistir con ella antes de entenderla tercamente) Aquella paradoja ha sido experimentada en los ejercicios que hemos llevado a cabo en las clases; paradojas para romper paradigmas y clichés. Paradojas que nos permiten enlazar todo, no disociar medios o experiencias que pueden ser vistas: o peyorativas o abstractas o elevadas…

En mi caso; en el pensar en la palabra, la escritura no como un acto totalmente racional o teórico, alejado de la experiencia, de lo plástico, donde el cuerpo parece haber desaparecido. ¡No ha desaparecido! La escritura en mi opinión no es un acto abstracto; más que eso es vivencia ¿Y cómo no ser vivencial? Si es otro oficio. El contacto con la materia está, la acción corporal está, el cuerpo está, el pensamiento está, el habitar está, el tiempo está, el espacio está, la resistencia a la muerte está… La palabra, la escritura es una afirmación, una reafirmación a la vida pensando en la muerte como inherente a la susodicha.

La acción de escribir, y en la palabra puede que haya un acto de muerte (o suicidio) a gotas. Muerte que necesita entrar en diálogo para reafirmarse y volver a la vida, (Y no únicamente la escritura o la palabra, toda obra artística y creadora) es un acto de vida, de muerte; gravita en esos conceptos duales pero que son uno (1+1= 1) Sin embargo lo que me compete, o a lo que voy en este acto de reafirmar la vida, el cuerpo como un todo, en la resistencia a la muerte, en el suicidio a gotas en la escritura, en la palabra…

Partir de una zona segura y de comodidad (La palabra escrita, impresa) para explorar acciones que no estaban inmersos en dicha zona, brindan una explosión e implosión hacia unos puntos de fuga, o también bifurcaciones que van develando nuevas posibilidades desde los mismos elementos y acciones (La escritura, el cuerpo, el lenguaje, el espacio, el tiempo) No obstante haciéndolos operar de formas distintas, en otro orden o simplemente dejando que el caos entre y deje ver aquellos posibles.

Estas acciones también dan una consciencia distinta; en aquellos pude darme cuenta delo ligada que está la palabra al cuerpo. Del cuerpo como medio para llegar a la palabra. Ya sea la escritura desde la “tradicional”, desde la mano, viendo sin ver (que es otra manera de incluir al cuerpo); o el cuerpo haciendo las veces de grafito o pigmento y donde cada movimiento es escritural. Paso a paso se va dejando una estela (el habitar), estela efímera que se la lleva el viento. El registro no queda, o si queda es gracias al desgaste que hace evidente el habitar. Esos vestigios en escritura son las palabras, es el cuerpo. Una especie de cartografía.

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Yo no habito un país, yo habito una lengua parafraseando esa frase de Emile Cioran, se empieza a generar un caldo de cultivo para llegar al ejercicio llevado a cabo en un pasillo de la universidad del Tolima, frase que empecé a trabajar a partir de un juego de perspectiva, de quebrar y romper las palabras, de fragmentarla, de probar con otras materialidades por ejemplo el café, denotando las diferencias en la escritura de cada persona a partir de la repetición. Toda la frase se fue reduciendo al HABITO, HABITO. HABITO…

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Habito, habito, habito, habito, habito, habito, habito

Hábito, hábito, hábito, hábito, hábito, hábito, hábito

Habitó, habitó, habitó, habitó, habitó, habitó, habitó

(habito, habito, habito) “La construcción es entonces el mismo habitar” Heidegger

La palabra (habito, hábito, habitó) antes de ser polisémica es capciosa; es lo que es realmente porque polisémica no es. Nos deja ver que importancia y cuanto peso tiene una nimia tilde; aquella línea que vuelve al sustantivo un verbo, en acción actual o pasada. Sin embargo ¿una inherente a las demás?, ¿el habitar se vuelve hábito?, ¿el hábito en habitar?

La repetición, la reiteración de lo mismo aunque diferente conducen al habitar y al hábito. Lo curioso y lo capcioso de la palabra es el olvido, la ceguera ante la irrisoria tilde; eso me hace pensar en la omisión que tenemos al habitar, a la acción; por el contrario al hábito, al cliché lo tenemos incrustado hasta los tuétanos. La inconsciencia del habitar empieza a entreverse simplemente por la palabra, su resumen y síntesis. No habitamos ni en la palabra habito pero si permanecemos en el hábito de no habitar.

La experiencia adquirida en la acción del habitar, que eso fue en verdad lo que sucedió más allá del ejercicio; deja bastantes reflexiones gravitando, luego de haber experimentado en dicha acción. Primero que todo el reconocimiento del espacio, un espacio poco habitado por mi pero que empieza a ser preponderante, su recorrido, observarlo, andarlo casi midiéndolo. La primera preocupación fue el espacio netamente: medirlo, calcularlo. Previsualizar cómo quedaría al final de la acción, cuál sería mi reacción corporal, mi energía para irlo habitando, por ende construyéndolo. Así comienza a plantearse el problema y la consecución de la acción.

Ya estaba el espacio, el material para escribir (carboncillo) y el medio (No mi mano únicamente sino el cuerpo entero). Me detengo un momento en el por qué usar carboncillo. Usarlo por el uso consuetudinario, su fácil adquisición y sobre todo por lo que sucede con este material al tener contacto con otra materialidad, deja un rastro tanto en la pared (en este caso) y en el que lo toque, lo roce. Aquí el material deja y evidencia el habitar, también de que otro estuvo ahí, habitó, dialogó con el material, con el espacio, con su cuerpo; deja un poco de sí, de su vitalidad. Además actualiza o virtualiza (Pierre Levi) la acción iniciada por mi y complementada por aquellos partícipes.

Otro elemento es mi cuerpo como medio pero también como medida. En ese espacio, la repetición de la palabra era hasta donde daba mi brazo estirado, por eso no llenar el techo o la parte superior de las paredes. La decisión de que la acción estuviera directamente relacionada con mi cuerpo, del cuerpo como resistencia, como reto físico. No obstante, la acción escritural (de la mano) formaba parte de la totalidad, de tener el brazo y el cuerpo extendido, el irse agachando o acostando en el suelo para continuar repitiendo la misma palabra, pero con movimientos distintos, con trazos diferentes, con otra intensidad que iba marcando mi cuerpo extenuado , condiciones que hacían diferente dicha repetición… Y de nuevo de píe, acto que daba una lectura cinética de la palabra habito… Arriba y abajo, frente a la pared avanzando en zigzag frente al muro.

Durante esta repetición empiezo a perder de cierto modo la noción espacial y aparece suscitado el tiempo. El tiempo ¿Cuánto tiempo lleva haciendo eso?, ¿Cuánto tiempo me falta?, ¿Qué desocupación?, ¿Qué pérdida de tiempo?, ¿Qué falta de oficio? Escribir es un oficio, oficio con el cual iba habitando mientras las demás preguntas y comentarios los iban haciendo transeúntes que leían hábito o un mal hábito. Recordaba una frase…Cuando viajamos el espacio se vuelve tiempo. Y sentía habitar el tiempo en lugar de habitar el espacio, justamente porque siempre me encontraba frente a la pared, escribiendo, garabateando la misma palabra: habito. Propiciando mi habitar en el tiempo, en el espacio, en la palabra; también la palabra habitando el espacio, el tiempo y habitándome. En la repetición me iba desdoblando en esa palabra reiterativa, yo era la palabra habito.

El tiempo tomó mayor importancia y seguía pensando, recordando, reflexionando acerca de cuando el tiempo va midiendo la vida, dejando de un lado al espacio (aunque sean inherentes de una u otra forma). Al finalizar la acción, la pregunta que me hacían iba confirmando que habité el espacio y que el espacio se me fue volviendo tiempo; y cómo el habitar está ligado al tiempo sobre todo, remite a ese concepto inapresable. La pregunta fue ¿Cuánto tiempo se demoró?

E. Andrés Leal G.

Desesperación

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“Un grito, sentí un grito que lo detuvo del camino. Grito mudo, grito desgarrador, grito en un sendero, grito sin dos amigos, grito que pone el sol, grito de muerte, grito de cansancio, grito sangre, grito sostenido de un puente, grito fuego, grito que acecha, grito azul oscuro, grito de ciudad, grito solo, grito quieto, grito temblando, grito de ansiedad. El silencio más desgarrador puede ser un grito.”

Helen Hernández